Virtual document to be presented in nomination for internship program at Bauhaus 2017
miércoles, 14 de octubre de 2015
INTRODUCTION
This virtual portfolio represents theatrical experiences that make my practice of dramatic art in its different facets: acting, dramaturgy, theater director and visual concept.
Teatro La Memoria 2013
Action Theatrical practices, Likelihood, Narration and Collective: a contextual problem with Rodrigo Pérez
TEXT THE CONFESSION 2011
Dramaturgia y adaptación del texto Maldita yo entre las mujeres de Mercedes Valdivieso, sobre Catalina de Los Ríos y Lisperguer. Se adjunta a continuación:
CONFESOR: Julio Torres
CATALINA DE LOS RÍOS: María Jesús
Casanova
ELVIRA: Lorena Ormeño
BARTOLOMÉ: Julio Torres
TATAMAI: Corina Pasten
MADRE:
Paola Gonzalez
AGUEDA:
Francisca Parada
DON GONZALO: Julio Torres
FRAY
CRISTOBAL: Julio Torres
ROSARIOS AY: Andrea Gonzalez
ÁLVARO CUEVAS: Julio Torres
MUJER 1: Yasna Vera
MUJER 2: Paola Vasquez
MUJER 3: Lorena Ormeño
MUJER 4: Pola Figueroa
ABADESA: Pola Figueroa
NOVICIA 1: Lorena Ormeño
NOVICIA 2: Yasna Vera
DOÑA ANGUSTIAS: Yasna Vera
FISCAL CUEVAS: Julio Torres
ENRIQUE ENRIQUEZ: Julio Torres
JUAN: Julio Torres
LA CONFESION
Por
María Jesús Casanova y Andrea González
(Adaptación
Maldita yo entre las mujeres, de Mercedes Valdivieso)
Oscuridad
total. Música de la época.
1- La lectura de la Carta de
Alonso de Ribera. Voz masculina.
“Al
Ilustrísimo señor Virrey don Luis de Velasco, su humilde servidor y amigo,
Alonso de Ribera, gobernador, informa acerca del estado en que se encuentra
este reino de Chile”.
Junio de
1604, año de Nuestro Señor.
“La capital
del nuevo y último extremo del mundo, que su Majestad el Rey, señor nuestro,
tuvo a bien encargarme, abre su plaza entre el polvo de cuarenta manzanas con
diez calles aún sin empedrar. Sus vías rectas permiten entrar el sol, correr el
viento y mirar sin recovecos. Trazadas así por don Pedro de Valdivia y sus
compañeros, crece por esos rumbos que le dieron.
El
valle del Mapocho es continuación de esa lucha eterna que nos legó Valdivia
como herencia, campañas que transforman el miedo en ánimo cada vez que calzamos
las espuelas y nos vestimos de acero. Estas no son batallas como las que tuve
el honor de guerrear a tu lado en las Europas, aquí los bárbaros atacan dando
alaridos y sonando tambores y cañas que te alborotan las tripas.
No
son grandes los mapuches, pero en su cortedad de altura y carnes se aprieta una
fuerza y un odio al extranjero que los crece y los anima para las más severas
campañas y si pierden, también para sus castigos. El tormento no los
escarmienta, dejarlos vivos convierte a uno en dos para ejecutar su venganza y,
si cuchillo a cuchillo se allegan de frente, mejor es que te encuentren
confesado. He de agregar en conciencia, que jamás combatí gente de un coraje
semejante y de un amor a su tierra como ésta, con la que nos estamos matando. Y
si no combatiéramos por ensanchar el Imperio a una inmensa Comunión de los
Santos, dudaría sobre la legitimidad de esta guerra.Te escribo para que me
auxilies con hombres y pertrechos, o esta matanza continua no conocerá término.
Bajo
la bóveda inmensa aparecen los sólidos bultos de la Merced, de San Francisco,
de Santo Domingo y el rectángulo creciente de lo que será la Compañía de Jesús,
órdenes que han venido llegando a lo corto de los setenta años que tiene el
reino.
Estoy
aquí, vivo en esta tierra donde lo que uno imaginó es más corto que lo que
mira. Dicen de un poeta que con Hurtado de Mendoza vino y quien, en las noches
que seguían a sus diarios combates con los mapuches, cambiaba de la espada a la
pluma y escribía su admiración por ellos. Alonso de Ercilla lo recuerdan, vino
con él un pariente de los duques de Sajonia y se quedó en este extremo para
fundar su linaje, estirpe excesiva de riquezas y espantos.
Pedro
Lisperguer y Bitamberg es el noble caballero del cual hablo, y quien casó con
doña Agueda Blumen o Flores, como el presente la nombran, mestiza de un alemán
Blumen y de la cacica de Talagante. A don Pedro tratarás en la ciudad de los
Reyes, en donde se pasa años, según chismean, para no escuchar las historias
que hacen los ocho hijos que tuvo. Catalina Lisperguer y Flores es una de ellos
y la mento por el juicio que debí emprenderle y cuyas resonancias te alcanzarán
en la corte.
“Encantadora”
llaman a esta Lisperguer, y ese apodo fue como un reto que ella lucía dentro de
un pecho lindo y alto y no supe resistirme. Para un soldado que en estas
tierras vive siempre en vigilia de muerte, un tanto de felicidad es fuerza para
seguir luchando. Pero tuve mis problemas, empecé a soñar a doña Catalina y
pronto no supe distinguir cuando entraba o dejaba la vigilia. Casada con
Gonzalo de los Ríos, es madre de dos hijas, de las cuales , ya a la pequeña, bautizada Catalina como ella,
“cría de bruja” la dicen. Arrepentirme de atenderla me llevó a toparme con la
muerte. Veneno echó en el agua de la que bebo y durante tres días estuve por
partirme de esta vida. De ahí el pleito que te menciono y del que ella salió
inocente. Los Lisperguer con su poder hacen día claro de la noche más oscura.
Catalina
no es como creemos a las hembras, sobrada de orgullo y de riquezas, ella, su
hija, sus hermanos y su descendencia, llenarán el siglo que comienza nadie sabe
con qué pavores. Me hacen cavilar estas mujeres de las Indias, magas o
doncellas tienen algo en común, otra forma de naturaleza que a mi inteligencia
de hombre se escapa y, por qué no decirlo, asusta.
En
esta madrugada que despide ya a la Cruz del Sur y a las estrellas, comprendo
que nunca voy a dejar las Indias. He venido para quedarme en ellas y fundar con
mi vida y todas las muertes que crea la guerra, un país que no sé y que, desde
la historia que vamos haciendo, se escapará al futuro llevando en sí una
mescolanza de tantas calamidades y venturas, mañas y bondades, Dios y
divinidades, como arrastramos bárbaros y españoles, razas mezcladas en un
abrazo mortal. Termino mi relación en dudas con lo que será este reino en un
mañana que ignoro”.
Distorsión de la música
Apagón
Se prende la luz al centro del escenario. Está
Catalina con el confesor.
Catalina está con un camisón y el pelo suelto. El
confesor está vestido neutralmente. Ambos sentados, Catalina de cara al
público.
2- CONFESOR: Contadme…
Catalina:
Qué más queréis saber…
CONFESOR: Todo, desde un comienzo
CATALINA:
Bastardaje y mestizaje nos hicieron, y de esta mezcla
para adelante seguimos. La historia de lo que somos enmadeja sangre y guerra y
la subo a su principio para que esta confesión se entienda. El
bastardaje que marcó a las mujeres de mi casta empezó en mi bisabuela doña
Elvira, cacica de Talagante.
3-(Entra Elvira y escapando de
Bartolomé entre el público. Bartolomé la agarra violentamente)
ELVIRA: ¡Ya os lo he dicho Bartolomé! ¡dejadme!
BARTOLOMÉ: ¡Elvira!
ELVIRA:
¡No perderé mis tierras! ¡Seguiré mi propia vida!
BARTOLOMÉ:
No permitiré que vuestro vientre enseñe las consecuencias de nuestro
amancebamiento y rechacéis que os digne con mi nombre. Reuniré al cabildo si es
necesario.
ELVIRA:
¡Manceba y libre seré yo misma en este mandar de varones!
BARTOLOMÉ:
(tomándola del brazo) Pleitearé por ese hijo. Armaré una escandalera tal hasta
que el Cabildo convoque vuestra comparecencia.
ELVIRA:
Aunque demandéis para cambiar en matrimonio este concubinato me rehusaré hasta la muerte.
BARTOLOMÉ:
(la golpea y Elvira cae el suelo) ¡Os mandaré a
espiar hasta sorprenderos de machi y os encierren de por vida!
ELVIRA:
(Se incorpora, se suelta el pelo y cae una larga
trenza. Se quita su capa dejando al descubierto un gran collar mapuche. Arroja
la capa a los pies de bartolomé Os lo juro Bartolomé, no regresaré jamás
a vuestra cama y frente a vuestra casa levantaré Ruka. (Sale)
BARTOLOMÉ:
(Recoge la capa de Elvira y la huele con dolor.
Hablando fuerte para que todos se enteren) La mujer es más amarga que la
muerte, porque la muerte del cuerpo es un enemigo franco y terrible, pero la
mujer es un enemigo quejumbroso y secreto. Sus manos son como lazos para
amarrar, cuando se posan sobre una criatura para hechizarla, entonces, con la
ayuda del demonio, ejecutan su designio.
4- CATALINA: De bruja llamaron a la cacica
y es título que ella creció para que nos alcanzase a nosotras.
TATAMAI:
(Entra el bracero a la pieza de Catalina y lo enciende)
Junto a ella me allegué a vivir, dicen que llegué sin tiempo ni reconocimiento
de nadie. Que el diablo me puso aquí.
CATALINA:
Don Bartolomé enrejó su casa y pleitó por su hija, la que sería mi abuela
Agueda Flores, quien vivó con su madre hasta su casorio con don Pedro
Lisperguer, noble caballero. Se decía que ella embrujó al extranjero con los
mil ojos de su piel desnuda.
(Aparece
Agueda Flores bailando por atrás de Catalina, su vestuario mezcla de
mapuche/español y gasas)
CATALINA:
El pagó la más alta dote que jamás se había visto en el reino. Pese al amor que
le tenía a mi abuela, él se marchó a la Ciudad de los Reyes para no escuchar
las historias que hacían los ocho hijos que tuvo, entre ellos mi madre,
Catalina Lisperguer Flores.
5-TATAMAI: A la capital del reino se vino vuestra
bisabuela Doña Elvira desde Talagante cuando iba a nacer su nieta, vuestra
madre. (Catalina se acerca y se sienta junto a ella)
Nadie vio su carreta avanzar por el campo. La gente afirmó que vino volando…Con
cruz alta la recibieron cuando doña Elvira de la carreta bajó y entró a la casa
de vuestra abuela, justo para sacar al mundo a la primera de las Catalinas.
Cuando vuestra madre cumplió siete años el obispo les dijo que era el momento
de imponerle catecismos para fortalecer su alma, para
que sepa defenderse del demonio, del mal tan grato a las hembras.
ELVIRA:
Entre mi nieta y yo no habrá catecismos
que tiendan distancias, de comarca lejana a capital del reino una estará
siempre escuchando a la otra.
(Entra Catalina Madre)
CATALINA:
A doña Elvira le pasaron por el
bautismo la cabeza pero hasta ahí le llegó la fe, y se le quedó indio el
sentimiento.
MADRE: “India como vuestra abuela que de blanca
miente vuestra cara” me gritaban de niña, “Mestiza” me decían a espaldas de mi
madre. Le pregunté sobre esa palabra que se quedaba en la piel, quería saber
cómo ese decir me andaba por dentro. Mi
madre me contestó que eso era ser mujer primero y también mujer cruzada por dos
destinos, lo que era ser mujer dos veces.
TATAMAI: Todos podemos acordarnos de nuestra llegada
al mundo, siempre y cuando se haya madurado contenta de aguas en el vientre de
nuestras madres...
(Entra Agueda peinándose)
AGUEDA: Otra vez con esas historias que no
pertenecen a Dios! Nunca conocí a alguien que guardara algún recuerdo del mundo
del vientre. (Comienza a peinar a Catalina)
CATALINA:
Los míos no alcanzan a ser memorias y
revuelven mi centro que late y que siento. No crecí contenta de aguas en el
vientre de Catalina, tampoco vuestra merced Agueda, aunque al nacer fueséis
bienvenida por nuestro padre.
AGUEDA: Catalina ¿de qué habláis? Si nuestra madre
siempre cuenta que llegué a la tierra sin angustiarla, que llegué sonriendo.
TATAMAI: Doña Elvira anticipó la fecha de su
muerte, envió recado y Catalina con vuestra merced en el vientre decidió viaje.
Acomodé a vuestra hermana Agueda en la carreta y partimos.
ELVIRA:
(llamándola) Viajes al principio
MADRE: ... En el corredor de mi infancia tuve mis
primeras ansias de parto, en la pieza de doña Elvira el brasero ardía. En la
penumbra del cuarto unas siluetas encuclilladas me velaban...
TATAMAI: ...La doña yacía su cuerpo sosegado y su
nieta se acercó para hablarla pero no le sonaron las palabras...
MADRE: …La cacica abrió sus ojos y nos encontramos
en el sin fin y sin principio ¿no es así Tatamai?
TATAMAI: Así no más es mi doña. Entronqué la puerta,
avivé el brasero.
ELVIRA: ¡Sentádla!
TATAMAI: El silbido del viento agitó las cortinas y
se fue en su carro alado de plata.
ELVIRA:
El malo odia a las preñadas porque el
parir de la mujer le está diciendo que ella fue primero.
(Está la MADRE pariendo a Catalina, la abuela parada
atrás tomándole la mano al tiempo que la Tatamai realiza un ritual mapuche.)
MADRE:
¡Virgen del Socorro!
TATAMAI: eso mismo dijo vuestra merced mientras se
remecía y soltaba la mano de vuestra abuela, (Pausa) la que calló quieta y muerta sobre la sábana. (Elvira desaparece de escena soltando la mano
de Catalina Madre)
AGUEDA: ¡Nacistéis con la pena y la desgracia
hermana, lo siento!...
TATAMAI: (Ida)... ¡hembra, es hembra la que viene!
(gritando)
MADRE: Así fue lo sucedido, hija. Vuestro padre supo
la muerte de la cacica junto con el nacimiento de vuestra merced.
TATAMAI: El amo esperaba un varón y despechado se
encerró a beber, salió borracho y se perdió por tres días.
CATALINA:
(Conteniendo la pena) Mi hermana salió
feliz al mundo, y yo pegada en lo hondo me negué a la vida hasta que la Tatamai
metió sus manos y me arrancó al principio.
MADRE: No sois iguales las hermanas, mis hijas, cada
cual a su deseo.
TATAMAI: Pero las dos tenéis callana de mapuche en el
trasero (Ríe Tatamai y La madre)
Catalina: una mancha muy suave en mi hermana y tinta
en mí, por colorina.
AGUEDA: Yo soy rubia entera como el abuelo
Lisperguer.
Catalina: Y a mí me toco rojo, como mi madre, para
que las gentes nos confundan y nos maldigan de lejos, como si fuésemos una.
MADRE: Vamos Catalina, cada cual con su propio sendero. Vamos Agueda, es hora
de rezar (salen)
Catalina: Mi
hermana nació destinada a la corte del virreinato y yo retoñaría en
Catalinas.
TATAMAI: El brasero siempre os anunciará caminos a
seguir mi niña, senderos que soltarán un centro y se perderán en la ceniza.
(Sale)
(Catalina vuelve al confesionario)
6- Catalina: Nunca supe seguirlos, quizás seguirán sin
mí, me sueltan como el único hijo que tendré y anuncian para mi dolor las
hierbas.
7-(Entra a escena Agueda buscando su muñeca con
sentimientos contradictorios, miedo, culpa, pena)
AGUEDA: Isabel
¿Dónde os dejé? ¿Estáis por aquí? Os necesito ahora.
Catalina: ¿qué os pasa? ¿Qué ocurre?
AGUEDA: ¿dónde la dejásteis? Dádmela.
Catalina: no la he visto, yo no juego…
AGUEDA: estoy segura que vuestra merced la tiene.
Catalina: debe estar en algún lugar…lo véis…siempre
la dejáis aquí.
AGUEDA: Vuestra merced la tenía, sois una bruja, una
bruja mala
Catalina: ¿qué me dijisteis? (amenazante)
AGUEDA: Nada… entregádmela.
Catalina: (imitando al padre) sois un mulato, ¿cómo os atrevéis a jugar
con mis hijas? Sois un maldito mulato, os daré 20 azotes…
AGUEDA: Nooooo (llora)
Catalina: Ya basta…es un juego Agueda, aquí está vuestra muñeca, dejad de
llorar
AGUEDA: Yo no quería que lo azotaran era sólo un
juego, Dídimo era mi amigo.
Catalina: Él era sólo un esclavo mulato
AGUEDA: Nuestro
padre es muy malo
Catalina: Conmigo es malo, a vuestra merced le
perdona todo.
8- DON GONZALO: Don
Gonzalo: Catalina, ¡Catalina! (entra a escena, Catalina se esconde de su padre)
DON GONZALO (ebrio): ¡Catalina! Maldita cría
de bruja, ¡os escondéis igual que vuestra madre!
AGUEDA: Hermana es nuestro padre no os hará daño, no
le contradigáis en nada, solo callad, el quiere que le obedezcáis nada más.
Catalina: ¿por qué no nos deja tranquilas?
DON
GONZALO: Catalina del demonio os estoy
llamando (se escuchan sus pasos)
AGUEDA: Catalina ve, será lo mejor, lo que él
requiere es vuestra sumisión y vuestra merced no está obedeciendo el primer
mandamiento que dice: “honraréis a vuestro padre”, y él es nuestro querido
padre.
Catalina: Eso no es querer.
AGUEDA: Su voluntad es una orden para nosotras.
Catalina: Eso no es voluntad, es abuso de poder
hermana.
AGUEDA: Nosotras las mujeres no tenemos poder que
utilizar.
Catalina: Estáis equivocada, el poder es la voluntad
de decidir. (Sienten pasos, ambas se esconde. Los pasos
se alejan. Agueda la acurruca y le cuenta para calmarla)
AGUEDA: Hay un príncipe de veras en este mundo,
caído desde el más infinito cielo, cruzando la luna, las estrellas y el aire,
para llegar de pie a la tierra, adueñarse de ella y encender subterráneos que
nos siguen bajo los pasos.
(Agueda
sale. Catalina se va a esconder al Confesionario)
9-Confesor:
Catalina, ¿qué ocurre? (le toca el brazo. Catalina se incorpora violentamente
alejando la mano del confesor de un golpe)
Catalina:
Fray Cristóbal me negó la absolución por decirle que aborrecía a don Gonzalo y
por mantenerme en ese odio del cual él no quería entender los motivos, por
miedo a que fuera cierto.
Confesor:
(cubriendo sus ojos para evitarla) ¡Maldita sea la que calumnie a quien le dio
la vida!.
Catalina:
¡Es venganza!
Confesor:
(aullando) ¡vete y déjala, demonio!….
Catalina:
“venganza de don Gonzalo contra mi madre”.
10-(Catalina
ve la imagen de su madre que está con otro hombre)
(Se
siente la risa de una mujer. Madre se pasea entre las cuelgas de cebollas y de
ajos mordiéndose los brazos. La Tatamai mete las manos en una jaula donde
chillan varios pájaros, el brasero quema hojas saliendo un vaho hediondo. Madre
empuja a la Tatamai.)
Madre:
(gritando) “¡Martín de Urquiza!”, “¡Martín de Urquiza!” “¡Martín!” ( la sangre
de los brazos le mancha la cara. La Tatamai dice algo que no se oye y Catalina madre le pega en la cabeza y en los
hombros, llamándola con nombres muy raros).
11- Catalina: Mi madre llevaba sus pasos por
donde no decía, y don Gonzalo sonaba la
huasca para que la Tatamai contara, la india callaba y por sus ojos se lo comía
entero. (Tatamai entra por un lado, Don Gonzalo por el otro y se encuentran delante
de Catalina).
12- DON GONZALO: (amenazando
a la Tatamai con una huasca): ¡Dónde está? ¡Dónde está mi mujer!!??, ¡Machi que
tratais con el diablo, decidme dónde está!!!! (La golpea. Entran Catalina y
Agueda pidiéndole que no le pegue mas, le llega un golpe a Catalina y Agueda
llora)
DON
GONZALO: (A Agueda) Es una inocente, (A Catalina) ¡Vuestra merced de inocente
nada!
Catalina:
Chakay
DON
GONZALO: (A Tatamai) El diablo os mandó para que le aumentéis a mapuche, sobre lo
alemán y español que revuelve. (Sale)
(Tatamai
entra con una semicama con ruedas, mientras dice el texto las va girando hasta
que ambas, Agueda y Catalina)
Tatamai:
Que mis niñas pierdan el miedo que no sirve y abaja. Yo lo he sabido de siempre
en el vientre de lo negro. De mujer madre a mujer hija pasa la herencia que
traemos. De meica para los males conozco los cuatro rincones del viento y los
tres de la Trinidad. Tengo que enseñar a recibir la vida pero también a
terminarla, secreto que no deja huellas (Agueda la mira asustada y Catalina con
interés. Tatamai como en confidencia) Dicen que cruzando el río empujé a mi
querido, y de ganarme el cielo por el sufrimiento pasé a ser doña de la tierra.
Catalina:
Si el diablo os aconsejó la libertad a él hay que arrimarse.
Tatamai:
Aprendan que a Dios Genechén, los cristianos le cortaron la mitad de su entero,
su mitad hembra, y lo dejaron tamaño hombre como ellos. De ahí la igualdad que
nos quitaron, y en esa diferencia andan todas las mujeres, también las blancas.
Que no las trampeen, mis niñas, con su Divino y sus leyes, hijos de las mujeres
son los hombres y de eso no pueden zafarse” (Sale).
(Entra
Madre vistiéndose y Catalina la ve)
14- Madre: (A Catalina) Esto será un secreto entre
vuestra merced y yo Catalina…mi libertad no tiene precio pero si dueño, es
vuestro padre quien me gobierna por ley del destino y eso no lo podré
cambiar…pero una mujer hace lo que debe hacer y luego calla… esta es la vida de
las Catalinas y vuestra merced también lo es, escuchad atentamente, sois la
sucesora de mi linaje.
CATALINA: Lo
entiendo desde ahora muy bien, madre, vuestra merced es la amante de si misma.
Madre: Sólo soy una mujer que no dejará de serlo,
eso es cierto, por mucho que deba obedecer a su dueño
CATALINA: ¡Ser una Catalina no es nada fácil!
Madre: Ser una Catalina es un orgullo que debemos
llevar por siempre… ahora dormid mi niña, que la noche que he tenido de
libertad me cobrará el precio que debo pagar.
CATALINA: ¿No lo amáis, verdad?
Madre: Vuestra merced es una niña no sabe lo
que dice. Solo dormid y no preguntéis.
Yo soy una mujer feliz desde el día que decidí no renunciar a mi vida, y es
ella quien os enseñará a no someteros a
nada que no sea a la voluntad de Dios. Dormid (sale)
(Reflexión)
Catalina: La voluntad de Dios es que la mujer
obedezca… y ¿si Dios fuese mujer?... su voluntad entonces sería que yo conozca
mi libertad (queda ensimismada)
15- FRAY CRISTOBAL: ( se le ve en alto y de espalda, luego gira y
se le ve una sombra larga reflejada en el suelo)…hubo un defecto en la
formación de la primera mujer, ya que fue formada de una costilla, es decir,
que se encuentra encorvada y, debido a este defecto, es un animal imperfecto.
El hombre ha sido ordenado para la obra más noble, la de la inteligencia;
mientras que la mujer fue ordenada con vista a la gestación. Son seres que no
deben ilustrarse, no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas. El
hombre es la imagen y el reflejo de Dios. No es el hombre el que procede de la
mujer, sino la mujer del hombre; tampoco fue creado el hombre por razón de la
mujer, sino la mujer por razón del
hombre.
Así como por su primer defecto de inteligencia son
más propensas a abjurar de la fe, así, por su segundo defecto de afectos y
pasiones exageradas, buscan, cavilan e Infligen diversas venganzas, ya sea por
brujería o por otros medios por lo cual no es asombroso que existan tantas
brujas de este género. Son más débiles de mente y de cuerpo, no es de extrañar
que caigan en mayor medida bajo el hechizo de la brujería. (Señala a Catalina)
La pequeña, la roja, ¿sois buena?
CATALINA: ¡No!
FRAY CRISTOBAL: “¿Cómo sabéis eso?...Sois soberbia, no
acatáis en este mundo vuestro lugar. ¿Qué respondéis?”
CATALINA: Quiero ser santa.
FRAY CRISTOBAL: (Se baja y la abofetea) Entre
lo santo y lo perverso de esta tierra hay tanto como un cabello. (Catalina se
arranca un cabello y lo coloca estirado en el suelo entre ella y el Fraile. Lo
mira fijo) ¡Estáis sola en vuestra miseria,
y si no enmendáis, maldito dirán
de vuestro ejemplo!
16-Agueda: Catalina
calláos y dejadme dormir.
CATALINA: ¿Escuchasteis todo
Agueda?
Agueda: A mis oídos no entran palabras necias, es tarde, dormid.
CATALINA: (una pausa) En mis oídos
las palabras retumban insistentemente, la libertad de una mujer es secreta, y
dulce como la miel que se resbala en la amargura del destino
Agueda: ¡Callaos de una vez por todas!
CATALINA: Somos tan distintas
hermana, vuestra merced es como la oveja del rebaño y yo, la Catalina de los
Ríos perdidos, la que no se rinde ante la voluntad de nadie…es hora de dormir
mientras mi madre paga su libertad con
cuotas de infelicidad.
Agueda: Vuestra merced es insoportable, no os
acompañaré esta noche. (Sale)
(Catalina
vuelve al Confesionario.)
17-
CATALINA: Fray Cristobal estaba siempre al aguaite de
escucharme en confesión, no en conversa como yo lo buscaba para hacer de tierra
mis senderos de ceniza. El fraile me dividía el alma entre brujería y cielo y
me quedaba en las mismas.
18- CATALINA: Fue un jueves santo que me quedé en la capilla del Señor
de la Agonía y traté de rezarle. (Catalina se arrodilla en la capilla para
rezarle al Cristo de Mayo, Rosarios Ay le coloca su mantilla)
ROSARIOS
AY: (Ruidos de procesión y cantos. Rosarios Ay escucha
atentamente. Va a ver y avisa a Catalina) Amita, la procesión de la
Vera-Cruz, que viene. (Catalina se incorpora y ambas salen de la capilla
dirigiéndose a la calle).
(Se
topan en el camino con mujeres que cuentan de ella)
MUJER
3: ¡La Quintrala se ha volado!
MUJER
4: Nada bueno puede esperarse de quién nació a la sombra de dos crímenes.
MUJER
2: El de María de Encio, su abuela paterna contra el primer Gonzalo de los
Ríos.
MUJER
3: Y el de su madre Catalina Lisperguer quién a palos dicen que mató a la hija
natural del que sería su marido en vísperas de su casorio.
MUJER
4: De ese linaje de tradición infausta viene la Catalina menor.
MUJER 2: Dicen que de hereje culparon a su abuelo Lisperguer ya que
su ganado fue el único que se salvó de los piratas.
MUJER 1: Dicen que a causa de doña Catalina Lisperguer Iñigo de Uztariz dio veneno a su esposa para
quedar viudo.
MUJER 3: Dicen que el alguacil mayor que asistía el proceso quedó
prendado de doña Catalina. El caballero estaba de novio de una de las Cuevas.
El hombre terminó colgado de unos cordones de seda.
MUJER 1: Apenas un año estuvo Catalina Lisperguer en el convento de
las Clarisas.
MUJER
4: Dicen que de conspiración y envenenamiento los Lisperguer y Flores han
salido inocentes y limpios.
MUJER
2: Dicen que de niña Catalina de los Ríos avisó lo que sería. Sus conocidos la
recuerdan haciendo preguntas que nadie hacía.
MUJER
4: Aventajando a sus primos en juegos de varones.
MUJER
1: Adivinando lo que decían si trataba mal de ella.
MUJER
2: Se descomponía en misa
MUJER
3: y prefería la iglesia a solas y a
oscuras.
MUJER
1: Sufría de pesadillas que no sabía explicar y que la despertaban sudando
MUJER
3: La sal que colocaron en su silla se le pegó en el trasero (las mujeres se
detienen asustadas)
MUJER
2: Con eso no cabe duda de que el diablo tiene su voluntad en ella (Continúan
caminando)
MUJER
3: Una afición desmesurada a su padre la hacía cazar en el campo alimañas y
pájaros que de ofrendas le llevaba.
MUJER
1: Aventuras que emprendía acompañada de un duende que comenzó a asistirla.
MUJER
2: Duende que la misma mulata que la sigue ha visto y delatado.
MUJER
1: (gritándole a Catalina): ¡Quintrala! ¡vete, demonio!
MUJER
4: ¡Cría de bruja!
CATALINA:
¡Cría de bruja soy y me subiré a maestra! (las mujeres salen huyendo
espantadas)
ROSARIOS
AY: (quien estaba al lado de su ama mientras rezaba): ¡Ampáranos, Señor! (y la sigue)
(Frente a
Catalina pasa el Madero Sagrado y el varón que lo sigue portando el estandarte
en una mano y un látigo en la otra. Álvaro Cuevas se golpea con la huasca hasta
sangrar. Posa su mirada en Catalina, él levanta el brazo, se azota y se tiñe rojo)
CATALINA:
¡Álvaro! (se le acerca mientras el manto se le cae en los hombros. Ambos se
detienen y él se azota cada vez con más furia)
ROSARIOS
AY: (llorando de miedo a su lado, tira de su falda) ¡Es muy tarde, apartémonos
de aquí! ¡Se lo suplico! Don Gonzalo me dará rebencazos para sacarse la rabia.
CATALINA:
(Dándole un palmazo que le corta el llanto): Volved a la casa.
ROSARIOS
AY: (dando alaridos): ¡No quiero marcharme sin vuestra merced amita!, ¡me hará
charqui Don Gonzalo!, ¡ojalá estuviera difunta antes de que me agarren!
(Catalina
la golpea nuevamente y Rosarios echa a correr)
ROSARIOS
AY: ¡Va a ser por usté que me van a matar!. (Sale)
(Se alejan
pasos y murmullos hasta que no quede nadie. Álvaro va hacia ella en hábitos
blancos.)
19-
ÁLVARO
CUEVAS: Catalina… (se quedan mirando fijamente) Vuestra merced ha cambiado
mucho desde la última vez que la vi, ya casi no es una niña.
CATALINA:
Desde hace mucho que soy una mujer.
ÁLVARO
CUEVAS: Debe tener la edad del Señor de
la Agonía, lo digo porque sé que nacieron juntos.
CATALINA:
(sonríe) Cuando Fray Pedro de Figueroa tallaba a su Cristo en una rama de
espino le anunció a mi madre que ambos parirían en la misma fecha. (silencio)
Al señor de la Agonía le regaló mi abuela su capilla cuando cumplimos 7 años.
Desde entonces le rezo.
ÁLVARO
CUEVAS: Lo que abunda no daña (ríe)
CATALINA:
Le rezo, pero no me gusta como lagrimea entre el incienso. Que sufre por mi
madre y por mí, dice Fray Cristóbal, yo le contesté que fue El quien nos hizo
iguales.
ÁLVARO CUEVAS: Vuestra merced es única.
CATALINA:
Y vuestra merced se me descubre como otro, (tocando su túnica) la oscuridad de
esta noche esconde lo prohibido (ambos están
preocupados de no ser vistos).
ÁLVARO
CUEVAS: No pongamos en palabras lo que
se dice mejor de piel a piel en silencio (la toma de a mano y se alejan)
(Se
dirigen a la tranca del huerto por detrás de la casa. La Tatamai la aguarda,
descorre el cerrojo y Catalina y Álvaro bajan al sótano donde se guarda el
vino. Unas botijas se rompen y el aroma les desata la risa. Se manchan con la
sangre de la penitencia recién pasada, de las heridas que la refriega de sus
cuerpos abre de nuevo. Atrás, en la cruz, está el Cristo de Mayo, quien en
realidad es una mujer, que se mueve en torno a ella como serpiente anunciando
el pecado)
20- Tatamai:
(colocándole el corsé a Catalina) A toda mujer habéis crecido en esta época de
Álvaro.
CATALINA: Mi cuerpo se ha abierto al contento y
rechazo los miedos. Ahora entiendo lo que habláis y oís de los mundos que nos
rodean. Me han volado pájaros, me ha tronado el viento y se acalló la guerra.
Aprendí a escuchar mi cuerpo que se atreve a tanta ventura, y por los ojos de
Álvaro entré a un mundo donde quepo entera.
Tatamai: Quemad estas
hierbas del futuro para adelantar vuestro destino. (Catalina las quema y las
dos observan)
CATALINA: Las cenizas me anuncian males… (De rabia
aventa el brasero contra el muro)
Tatamai: Las hierbas chupan la tierra que pisan los hombres y saben.
21- Agueda (entrando)
Tatamai, dejadnos a solas. Catalina...nuestro padre ha estado buscando a
Rosarios Ay, está molesto porque no quiere que la ocupemos, la requería para
sus atuendos y desea saberla a mano. Los inquilinos y esclavos hablan, me
enteré que la muchacha fue castigada con mucha severidad por vuestra merced…
CATALINA: Quería hechizarme, la sorprendí hurgando en
el arcón que guarda mi ropa. Traía una muñeca de paja y trapo, roja de pelo y
medio envuelta en mis pantalones de hilo. Debí haberla matado.
Agueda: Matar es atributo sólo de los hombres de la familia. Ellos
permiten de nosotras nada más que sus deseos.
CATALINA: (Mirando los vestidos blancos de Agueda, con
burla) Seguramente vuestra merced estara libre de hechicerías por carecer de
enemigos y de ese odio que fray Cristóbal me reprocha. Lucís tan imponente en
vuestro ropaje blanco, ahora comprendo por qué os veneran los sirvientes de
esta casa. A veces me aquietáis y otras
me sorprendéis. En vuestra merced se reúne para bien todo lo que en mí revuelve
y estalla.
Agueda: No me detengo en rabias.
CATALINA: No, las hacéis sonrisa amable y conseguís lo
que deseáis.
Agueda: Así me quité de Rosarios Ay, y de sus narices que huelen todo y
lo cuentan.
CATALINA: Pero don Gonzalo no cede en que la mulata me
acompañe y verla al acecho me enfurece.
Agueda: Catalina, aguardad a que más traición la madure (sonríe muy
suave) entonces su muerte no os quedará penando. (sale)
22- CATALINA: (reflexionando) Agueda es buena y linda dicen contrastándola conmigo. Mi
hermana me ayudó siempre contra la rabia de mi padre, sabía que yo lo odiaba y
me entendía. Las dos sacamos de distinta
manera lo que igual nos envenena el alma.
23- (Se escuchan voces viniendo hacia la
capilla y separándose en las de don Gonzalo y su madre.)
Tatamai: (entra corriendo) Lo de Álvaro está por todas partes, se apresura el fin o el principio, mi niña.
CATALINA: (Se arrodilla suplicándole al Señor de la
Agonía) Aún le faltan los votos mayores y se está despojando de ser novicio
obligado por su madre.
(Entra
don Gonzalo y la empuja hacia adentro. La rabia le atasca el habla y sus manos
se palpan la cintura como buscando un cuchillo.)
Don
Gonzalo (a Catalina): Oí de vuestros encuentros sacrílegos, de vuestros amores
con un hombre puro y de Dios. De vuestra burla que yo cambiaré a castigo. (La
levanta del pelo y la tira).
CATALINA: De noche, él
huía del convento y entraba en mi
cuarto, aunque no le veía la cara al llegar, me envolvían sus sentimientos.
Don Gonzalo: De gustaros los bárbaros, os pasasteis a hombre blanco
pero prohibido, siempre de contra al bien.
CATALINA: Después de encontrarnos dos veces, faltó a la
cita. Pidió tiempo para aclararse por
dentro y aplacar la ira de su padre que sabía lo nuestro.
Don
Gonzalo: ¡Por maldita seáis entre las mujeres, a nadie le extrañaría que yo
mismo os arrancara de este mundo!
CATALINA:
Sólo contaba para mí el resolver de
Álvaro, el que no fue capaz de cara anunciarlo.
(Catalina está mal. Madre
se tira encima de Don Gonzalo para sacarlo de Catalina y don Gonzalo golpea a
la madre)
Madre:
(Grita sin miedo, enronqueciendo su voz como si cayera en un pozo) ¡Lo hacéis
por venganza! Ojala fuera cierto lo que
afirmáis y que mi hija fuera bastarda. Pero por desgracia no es así, asi que
tened cuidado. La verdad es que os odio, os odié siempre y me habría marchado,
pero mi cobardía fue más “¡Vuestra merced y yo condenados!, ¡no hay muerte que
pague lo hecho!”
Don
Gonzalo: (A Catalina) Os enviaré al convento y castigaré sin dote. A Álvaro en
sus mercedarios quedará entrado, y adelantará sus votos mayores después de
todas las penitencias. Eso lo gritó el juez Cuevas, su padre, cuando se
enfrentó a mí. A punto de acuchillarme estuvo, pero Fray Cristóbal evitó que se
llegara a hechos.
Madre:
Me niego al encierro de mi hija y enviaré palabras al arzobispo de la Ciudad de
los Reyes.
Don
Gonzalo: “¡Vuestra merced y vuestra madre en el mal, amigas de lo contrario!”,
“¡al convento debí entraros de pequeña, cuando ya enseñabais lo torcido de
vuestros gustos”!.
(Sale
don Gonzalo)
24- TATAMAI: (Consolándola) En la tierra no hay asilo ni en lo sagrado cuando
trata el odio.
CATALINA: Ojalá se muera.
TATAMAI: No se piensa así. Las ideas de ese tamaño penan y nos
afligen. Hay que darles la vuelta, a su tiempo. Vuestra merced quemó esas hierbas del futuro,
presente hoy para adelantar vuestro destino.
CATALINA: Las cenizas me anunciaron males y no los
creí. ¡Necia, mil veces Quintrala!
Madre: Quédaos tranquila que nosotras las mujeres
siempre sabemos lo que se hará. (Sale madre)
25- CATALINA
(al confesor): Las palabras de mi padre
me volvieron a mi época de niña y a mis preferencias por los mapuches que nos
servían, oscuros y distantes a los que éramos sus amos. En ellos se escondía mi
bisabuela y mi madre, me abrían a otra
cosa que yo podía tener y era rebajado.
26- (Llorando con desesperación) Os prometí todos los mandamientos, también el de honrar
a mi padre y asentir en que las mujeres somos perversas, pero pasibles de
enmienda. Os juré todo esto. ¡Sólo os
pedí que no me desamparaseis!
Tatamai: Desapareceré el breviario y el crucifijo de
Alvaro (se los saca a Catalina del cuello, ella la detiene y luego la deja)
(Entra la Abadesa seguida de dos novicias)
.CATALINA: No me importa, me apuraré en sanar del
hombre. Se la ganaré al quebranto para quedar aliviada de eso. (Tatamai sale)
27- ABADESA: Acá os escucharé y limpiaré
vuestra alma de pestes contagiosas para el santo lugar que os acogerá. Con
penitencias entretendréis vuestro tiempo de absolución.
CATALINA:
Vuestras mercedes sois quienes me tenéis, yo carezco de hablar y de hacer.
ABADESA:
Soberbia. Os han castigado fuerte pero Dios hace sus justicias.
CATALINA:
Sólo el dolor hace soportable la vida. Es un padecer constantemente, pero sin
morir.
ABADESA:
(Mostrándole las dos novicias, que son dos jóvenes que se mueven
coreográficamente como dos geishas que siguen a la abadesa): Aquí tenéis dos
santos ejemplos que seguir. Demos gracias a Dios por los caballeros que las
engendraron y por quienes ellas rezarán para abrirles el cielo. Adelantadas a
la vida eterna son, todas doncellas. (Abadeza sale)
NOVICIA 1: ¿Sabe vuestra merced que algunas de las cautivas por
quienes se pagó su rescate en alimentos están aisladas en este mismo convento?
Han sido escondidas por sus familiares y privadas de sus hijos mestizos.
NOVICIA 2: Para alivio de los blancos los mapuches no se los
cedieron. ¿Sabía vuestra merced que una de las Iturgoyen, quien tuvo misa de
difuntos el año, pasado acaba de fallecer en una celda de este mismo convento?
NOVICIA 1: A su tumba no le pusieron nombre.
NOVICIA 2: ¿Supo vuestra merced de doña Ansevina del Rocío y de
Cuevas Dicen que vuestro tío Don Pedro mantenía pláticas de anochecida con ella
en la reja de su ventana.
NOVICIA 1: Pero su padre don Tiburcio Cuevas no midió pecados y, de
niña de sus ojos que era, la dejó dislocada de cuerpo y zanjada de boca y
narices. Así la acarreó hasta acá.
NOVICIA 2: La encerró en su rango más bajo, menos aún que sargenta,
sierva para las labores de esclavas. Se largó de este mundo abriéndose las
venas.
CATALINA: Don Tiburcio, maldito sea por cobarde y abusivo.
NOVICIA 1: Me enteré por mi criada quién supo por la recadera de los
Cuevas que Álvaro está perdido. No ha salido ni llegado a ninguna parte y nadie
lo ha visto. Sólo encontraron su breviario y su crucifijo con muestras de
quemazón y violentados, señal que los trabajó el demonio.
MADRE:
(buscando entre los pasillos del convento a su hija) ¿Dónde está Catalina?
¿Cómo estará mi hija? No me importa lo
que diga don Gonzalo, no aguardaré su
permiso ni el de Fray Cristóbal, me llevaré a mi hija ahora conmigo.
(La
Abadesa entra a buscar a las novicias. Catalina se acerca a una de ellas y le
levanta el velo.)
ABADESA
(por primera y única vez pierde su sonrisa, pegando un chillido): ¡No la
miréis!
CATALINA
(a la novicia): Que no os la ganen.
(Abadesa
toma a ambas novicias y salen.)
28- Catalina (al confesor): Una novena a
San José, el de la Buena Muerte, me duró el convento, suficiente para oír de
las novicias lo que decía el mundo sobre mí.
Los gritos que don Gonzalo lanzó por mi
regreso sirvieron nada más, para agregar un temblor a su cuerpo, estorbo que
iba a perdurar lo que su vida. Después de mi vuelta del Convento, mi padre se
comenzó a sentir mal y su familia creía que mi madre y yo éramos las que lo
estábamos envenenando de a poco. Don Pedro y Doña Angustias, sus hermanos, nos
tenían entre ceja y ceja procurando que nos mantuviéramos distantes de su
persona.
29-
ROSARIOS AY: (Entra entre
aspavientos y llantos secos) ¡Amita!
¡Amita! (entra Agueda) Vuestra merced, Don Gonzalo se ha puesto muy mal, pide
los últimos sacramentos. ¡Que dios se apiade de los sufrimientos de mi amo!
¡Misericordia señor para esta casa! (Cae de rodillas y besa el ruedo de Agueda)
Agueda: ¡A
callar! (sale procupada a ver a don Gonzalo)
ROSARIOS
AY: (de rodilla como para si misma, luego como si contara) Los sirvientes de la
casa ponen sus ilusiones en Doña Agueda, rubia como la Virgen y subida a dueña.
Doña Catalina en cambio se queda en mitades, bárbara y blanca. Igualito que un
fantasma, el ama entró por la puerta cerrada. Pidió al Señor de la Agonía que
la mirara en los ojos y muchas veces repitió lo dicho. Llamó de traidor a Dios
y lo tiró de las piernas. (siente que alguien viene y sale corriendo)
30- Catalina: Don Gonzalo no dejaba de maldecir, paseaba
los corredores abriendo puertas, maldiciendo y desafiando nombres que yo jamás
le oí antes. Una noche lo sorprendí en el corredor con un cuchillo desnudo en
la mano. Me vio, dio un salto y retrocediendo se metió en su cuarto. Por la
mañana tenía su propio cinturón amarrado al cuello y respiraba apenas. Sangrías
y enemas le repitió el médico y duró tres anocheceres con vida. En el último,
quiso que yo estuviera a su lado y me pidió comida.
31-
DOÑA ANGUSTIAS: Me atrevo
a decir que vos y vuestra madre asesinaron a mi hermano. ¡¡¡Asesinas!,
¡Asesinas!”, ¡¡¡¡¡ Que lo sepa el reino entero para que se haga justicia!!!
Vosotras lo asesinasteis para hacer de las suyas. Gonzalo y yo lo temíamos. He
visto el pollo envenenado, ¡¡¡Asesinas!!!!”
Catalina:
Usted no puede decirnos semejante acusación sin fundamento.
DOÑA
ANGUSTIAS: El cuerpo de mi hermano aún está tibio, pero he indagado por los
rincones de la cocina. Estoy segura que la última comida que servisteis a
vuestro padre estaba envuelta en mejunjes sospechosos.
Madre: ¡No
podéis tener lengua tan viperina con nosotras sin comprobar lo que habéis
dicho!
DOÑA ANGUSTIAS: Malas horas vivía mi pobre hermano, ya no tenía
fuerzas para meter en orden a su mujer y a su hija.
32-
Catalina
(a confesor): El pueblo armó una réplica de velorio con cantores que
verisifcaron el mal destino de don Gonzalo, envenenado en su propia casa.
Procesión animosa que exigía del Rey y a grito pelado, reparación y castigo.
(El fiscal
se acercó a las convocadas.)
33-
FISCAL
CUEVAS: ¿De qué murió don Gonzalo de los Ríos?
Madre: es
palabra de médicos, empacho en complicidad de corazón y vientre.
FISCAL
CUEVAS: La muerte es cliente asidua de su casa.¡Llora tu condición de pecadora!
Eva fue causa del pecado original y ejemplo funesto que le sigue.
Catalina:
Hijos de mujeres
FISCAL
CUEVAS: Guardad vuestra lengua y temed.
Para consejarlas de vuestras faltas nos hemos reunido. Consejos y no castigos
aún, que estamos por la caridad. De muerte, encantamiento y lujuria dice contra
vosotras el pueblo, y en escándalo se agita esta sociedad que empieza.
¡Catalina y Catalina no buscamos pecado en vosotras sino arrepentimiento!,
¡Catalina y Catalina que no se repitan! Entonen un mea culpa y retírense al
convento. El olvido las espera, que si el pueblo tiene larga la lengua, tiene
corto el recuerdo
Madre:
¿Convento?
FISCAL
CUEVAS: ¡Catalina Lisperguer, Dios en su misericordia no os dio hijos varones
que destruir, sino una hija que imitaros!
Madre:
¡cómo poded entender de hijos si ellos sólo son de las mujeres, hijos todos
vosotros que, de hombres, nada más que máscaras!
FISCAL
CUEVAS: la voz del pecado sirve también para enmendar rumbos. Huacho le dicen
al hijo sin padre, crecido y aconsejado sólo por la madre que los pare.
Desprecio al hombre es lo que crece de eso. ¡Cuán alto precio, señores, pagará
el reino por vuestra concupiscencia! Que las convocadas juren inocencia en la
muerte de don Gonzalo y que también juren enmendarse. Tal juramento se hará
público antes de que profesen.
Madre: Mi
hija y yo no nos gastamos en promesas, tampoco apresuramos la vida eterna
encerrándonos en un convento. En este mundo nos quedamos hasta que el cielo
disponga.
FISCAL
CUEVAS: Ay del reino que no subyugue la oscura voluntad de sus hembras, ay del
reino y de sus hijos, piadosa ha sido la ley con vuestro largo desprecio de
ella. No colméis su paciencia, quien procede en humildad no obliga.
Catalina:
¡no hay culpas sin pruebas, los Lisperguer pedirán justicia en la Ciudad de los
Reyes!
FISCAL
CUEVAS: A ver que esclavo resiste por vosotras el tormento y silencia lo que
sabe.
Madre se
levanta de su asiento: ¡Atreveos!
Catalina:
¡¡responderán ante el arzobispo de la Ciudad de Reyes, abrid la puerta,
cobardes!!!
FISCAL
CUEVAS: Que oigamos al menos palabra de compostura
Madre:
¿Compostura?, ¡hemos sido víctimas!
FISCAL
CUEVAS: no queremos mal a vosotras, sólo queremos la paz de todos y que vuestra
alma medite
34- Catalina (a Confesor):
Dos inviernos después habría de llegar la sentencia, que señalaba que el Alto
Tribunal de la Real Audiencia de la Ciudad de Los Reyes, luego de recibir y
estudiar las pruebas del crimen de envenenamiento que se nos imputaba, fueron
rechazadas por unanimidad, por lo que se nos decretaba inocentes y excusadas de
todo cargo.
35- Agueda: (devolviéndose)
Ah, esto os quería mostrar, mi ajuar y en eso deberíais estar pensando. Mirad
que el tiempo no perdona hermana mía. Es tiempo ya Catalina ¡pero es mi tiempo! (Pausa) Os he sentido
todo el día muy lejana.
Catalina: No quiero seguir imaginando ni oír vuestros sumisos juramentos.
Agueda:
Es justo mí tiempo, mis deseos han llegado y van para lejos.
Catalina: Lo temí desde siempre, desde que hablabais de La Ciudad de los
Reyes como si la conocierais, la corte, sus vestidos, sus carruajes y sus embelecos.
El tenedor, eso de plata con puntas y que jamás antes vimos, vos lo manejabais
en los banquetes con un donaire de reina.
Agueda: Aunque no conozca aún a mi esposo, sé que Don Blas de Torres
Altamirano es el que yo esperaba. Nací para una corte, no para una gobernación
en guerra.
Catalina: Es la separación que comienza ¿no es cierto? Anoche me la pasé
pensando que vos hermana cumplíais lo vuestro en la admiración de todos, en
cambio, yo no podré cumplirle a nadie. Es difícil para mi vida encontrar saya
que le ajuste. Tampoco sé de veras lo que deseo.
Agueda: Mi cariño por vos no podrá
cortarlo ni el mar ni el desierto. (Saca una tira de paja con animalitos de
barro) Cada uno de estos animalitos de barro serán una palabra que pide ayuda y
a la que yo me obligo, me lo hacéis llegar y sabréis que os respondo. (Abraza a
Catalina) Debéis seguirme hermanita, aquí no cabéis. El odio a nuestra madre os
viene doblado. Enderezad vuestro destino antes que se desbarranque con vos y
venid a La Ciudad de los Reyes, que allá os estaré aguardando. Y no lo
demoréis, que entre los sí y los no corre el tiempo, y muy pronto es tarde.
Catalina: Si todo es en contra, lo volveré grande para que suene, no
tengo miedo. Una poquedad de vida me promete el reino. Nunca pasaré ese
horizonte que a vos os está esperando para encontraros con vuestro recién
adquirido marido. Toda mi vida y su recuerdo sucederán en esta tierra. (Las hermanas se abrazan
fuertemente, Agueda se suelta con dificultad y sale. Catalina se queda
adolorida por la partida de su hermana, de fondo, el sonido del mar)
Agueda: (Como contándole un cuento a una niña
mientras sale) Debéis aprender que hay un príncipe de veras en este mundo,
caído desde el más infinito cielo, cruzando la luna, las estrellas y el aire, para
llegar de pie a la tierra, adueñarse de ella y encender subterráneos que nos
siguen bajo los pasos.
36- Catalina (al confesor): Los Lisperguer
me citaron en casa de mi abuela y decidieron que un tal Enrique Enríquez,
emparentado a las más ilustres familias de la corte española pero por quien
nadie daba un doblón por sus dineros, sería un partido para mí como no volvería
a presentarse y con el casorio cortarían por lo enfermo la fama de rara y
suelta que me había ganado. No eran muchos los que se arriesgarían a un
matrimonio con la Ríos, pero mi opulenta dote alejaría dudas, alguien se
ofrecería de marido o de cómplice, que tendría que ser lo mismo. Manejadora
hábil de mis negocios, tratarme sería difícil. Ni semejante a varón ni a
doncella, sino una especie ajena a sus tiempos. Catalina era.
37-
ENRIQUE
ENRIQUEZ: Usted es hermosa.
Catalina:
¡Retírese!
ENRIQUE
ENRIQUEZ: Mas gustosa enfadada
Catalina:
Es usted muy valiente.
ENRIQUE
ENRIQUEZ: (coqueteándole): (Catalina le
vuelve la espalda) De esquivos ya está bueno, sólo quiero enseñaros los mejores
agrados en un caballero. (Ríe tocándole la cara y ella golpea su mano) No estoy
acostumbrado a que me vaya mal en
amores, que me desprecien como en las ocasiones que he buscado para acercarme a
la doña.
Catalina:
Tenga usted cuidado. Acercarse a mí no es nada fácil y es riesgo que parece que
fuera de noche y muy oscuro.
ENRIQUE
ENRIQUEZ: Vine a compartir vuestra pena,
a decirle que yo también sufro, y que he sufrido todo este tiempo marcado por
vuestra adorable presencia.
Catalina:
¡Váyase! Es una pesadilla.
ENRIQUE
ENRIQUEZ: (se pica) Mis amigos ya me
habían enterado de la fama de hechicera y criminal que usted carga. Y que
tuviese cuidado con el rencor de la doña, me advirtieron, acumulado en su ánima
por tres sangres que la hicieron. Y me hablaron del odio que usted le tuvo a
vuestro padre y por el cual, fray Cristóbal le suspendió los sacramentos. Pero
no se avergüence, ¿quién no ha deseado más de alguna vez asesinar al propio?
(Catalina
le pega una cachetada y él se va lentamente burlándose caminando hacia atrás
mientras entra la Tatamai)
38- (Entra
Tatamai)
Tatamai:
Menos mal que llegasteis mi niña, mi cabeza ya no me da más.
Catalina:
¿Estáis enferma? Os ves cansada
Tatamai:
Preocupaciones mi niña, demasiadas preocupaciones.
Catalina:
Decidme, que pasó que os tiene así.
Tatamai:
El tal Enrique Enriquez habló mal de usted. Por las recaderas supe que…
Catalina:
¿Otra vez poniéndole oído a esas chismosas? Pero contádme, que decía de mí…
Tatamai:
El muy canalla, estando en la taberna le dijo a
vuestro primo Juan que es ya bien sabida la perversa relación de doña
Catalina de los Ríos con su medio hermano y que también intentastéis seducir a
vuestro propio padre y que vuestra
maldad llego a tanto que hicisteis cavar un paso secreto al claustro de
los Agustinos.
Catalina: ¡Arde mi vida marcada por la calumnia y la maledicencia¡ Continuad
Tatamai: que a vos
tanto como riquezas os sobra la lascivia. Que ya verían todos como se la
gastaría y sobrado. Juró que gozaría a la Quintrala contra todos los riesgos
que su gusto le costara, que ya no le daría treguas
CATALINA:
Desgraciado, infeliz, bastardo, mal nacido…
TATAMAI: Eso no es
todo mi niña, con un vaso en la mano dijo: que así se bebía a ciertas señoras
principales, que gozaba imaginándola desnuda, reducida a lo que es, una hembra
para el gozo y el olvido.
CATALINA: Y mi
primo Juan, ¿qué dijo?
TATAMAI: Dicen que le saltó al cuello a Enríquez y
dijo que vengaría por vos cada una de sus palabras. Enríquez
respondió que esperarían dos semanas a que terminen las juras reales. Así
tendría tiempo de ablandar a Catalina de los Ríos y Lisperguer y que al
infierno despacharía a Juan Pacheco después de dejar vuestra cama.
CATALINA: (para sí) Enrique lo matará, de eso no hay
duda.
En lo oscuro siento muy claro esa ansia de
tirarme a un abismo que se me redonda encima y donde me libro de amarras. En el
abismo miro aquello que mi madre no supo decir y me retumba por dentro.
(Tatamai enciende un sahumerio).
Tatamai:
Dos misas de domingo hacen ya que está usted de encierro
Catalina:
Me cerré al mundo, ordené paños contra la luz y me quedé en la oscuridad hasta
mezclarme con ella.
(la Tatamai le acerca un espejo)
Catalina:
No logro reconocerme, anda en mí alguien que se hunde en el cristal y quiere
salir a una orilla muy lejos.
39- (Juan Pacheco llama y la trae de
vuelta. La Tatamai abre al corredor y sale. Juan busca su mano. En esta escena
Juan y Catalina están en penumbras. Imagen depresiva)
Catalina:
(lo siente, le toca los hombros): ¡Juan! Tengo ansias de irme donde nadie sepa.
¡Quiero ser mía!
JUAN:
(Habla con sorna) Sois Ríos y Lisperguer y eso os corta la fuga aún a la Ciudad
de los Reyes. Teneis vuestra fortuna y no podeis dejar las tierras por donde
andan las sangres que os hicieron. Además está vuestra sujeción de ser hembra.
(Catalina aparta su mano y se ojean las caras).
Catalina:
Vuestra cara está limpia de esos miedos que os conocí en un comienzo y que no
intentasteis esconder como los otros hombres. Vuestro miedo era vuestro mayor
valor porque no os volvía cobarde. No quiero que os presenteis mañana. Enrique
os matará, eso nadie lo duda. Os convertiría en ratón o pájaro para ocultaros
de día, y haceros hombre de mis antojos por la noche.
JUAN:
Iré a morir de amor. (se sienten piedrazos contra los postigos)
Catalina:
Por detrás de las paredes se ensaña el odio que les crece a los vecinos.
Murmuran del escándalo que levantaron dos hombres por mis favores esa noche.
JUAN:
No estoy asustado, la vida dura hasta que se acaba.
Catalina:
(a confesor) Juan Pacheco ocupaba su sitio en mí y era sentimiento aparte del
que disponía a Segundo a Secas, mi medio hermano.
Catalina:
(a Juan) Enríquez entiende de espadas y lo afaman de muchas muertes por duelos.
No debeis arriesgaros en eso.
JUAN:
Yo entiendo lo mío y os pido que lo respeteis.
(Juan sale. Catalina queda sola angustiada.
Entra Tatamai)
40- Catalina: Tatamai, mandad a invitar a Enrique
Enríquez para esta noche. Traedlo, lo quiero aquí.
Tatamai: Como vos
digáis mi niña, hay que darle en las
ganas a ese tal Enríquez.
Catalina: (Se
siente ruido) ¿Qué fue eso Tatamai?
Tatamai: No es nada
mi niña, es solo el viento que juega con los árboles (pausa) A prepararos para
lo que fuimos hechas. Llegó la hora.
41- (Tatamai sale. Enrique entra, da un paso y
se detiene)
Catalina:
(Insinuante) ¡Venid, Enrique, venid!
(Enrique se acerca,
la abrazo fuerte y comienza a besarle el cuello. El comienza a ponerse un poco
más violento y ella trata de alejarse. Enrique la tira a la cama y se pone
sobre ella. Catalina saca un cuchillo debajo de la almohada y se lo entierra en
la espalda)
ENRIQUE ENRIQUEZ: ¡Quintrala!
(Enrique Enríquez
trata de ahorcar a Catalina, aparece la Tatamai con un garrote y lo descarga
rabiosa contra el hombre, muere, lo tiran al suelo y lo arrastran.)
42- CATALINA (al confesor): Entre las dos
sacamos a Enríquez de la casa y lo echamos sobre una plazoleta de piedras y
entre los arbustos recientes. Decretados tres días de duelo para honrar al
difunto la justicia juró hacer duro escarmiento con los culpables, se hicieron
pesquisas y se afirmó a puertas cerradas lo que todos sabían.
MUJER 1: Con mis propios ojos que en polvo se convertirán vi en la
plazoleta de San Agustín a doña Catalina de los Ríos, a la Tatamai sin nombre
cristiano y a un ser oscuro de cola con garra y fetidez tan fogosa, que el olor
cruzaba la calle. Doña Catalina estaba total y obscenamente desnuda, lo mismo
ese ser oscuro (se santigua) y a medias vestida la Tatamai que le dice.
CATALINA:
Con vela alta y crucifijo se ordenó la detención de doña Catalina de los Ríos,
de don Juan Pacheco Lisperguer y de la Tatamai.
MUJER 2: Dicen que para dominar en él las virtudes de San Juan y de
Malta, la doña sacrificó palomas y corderillos nuevos, en sus días mensuales de
sangre impura.
MUJER 3:La Tatamai, sin nombre cristiano, como machi convocaba a sus
víctimas para ejercer maleficios que su dueña quería en ellos.
MUJER 4: Aunque el director de los agustinos dice que los jesuitas y
él mismo recibían de la Tatamai ayuda y nunca hubo señales de que Dios, la
Virgen Santísima y sus santos se manifestaran en contra como sucedía en pactos
con el demonio. (silencio de las mujeres se miran entre sí y reanudan el
ataque)
MUJER 2: Es sabido que la Quintrala disfruta del concubinaje con su
propia sangre. Segundo a Secas, bastardo de Don Gonzalo fue uno de sus antojos
de niña. (todas se espantan)
MUJER 4: ¡San miguel, príncipe de las milicias celestiales, sálvanos
de esta maldita!
CATALINA:
El tribunal se aprestaba a forcejear las pruebas cuando mi tío, don Pedro
Lisperguer y Flores irrumpió acompañado de Ventura el Negro, su esclavo
personal, quien se golpeó el pecho a dos manos y gritó haber obrado el mismo el
asesinato y ser inocente la señora, don Juan y la india. El alboroto que
provocó la confesión del negro levantó la comparencia.
De
la Audiencia de la Ciudad de los Reyes llegó por fin la sentencia. En sesión solemne fueron rotos los sellos
virreinales y leído el documento. En él se ordenaba para el asesino confeso la
pena final de la horca y también que su mano derecha fuera expuesta para que el
pueblo reflexionara y temiera. Doña Catalina de los Ríos y Juan Pacheco
librarían las costas impagables por el reo.
MUJER 2: Recordad que el Fiscal de la Real Audiencia del Perú y
encargado del asunto fue don Blas de Torres Altamirano, cónyuge de doña Agueda
de los Ríos y Lisperguer, hermana carnal de La Quintrala. (Las mujeres salen)
43- (En escena
Catalina y el confesor, de pronto Catalina ve pasar a Rosarios Ay, quien está
tratando de escapar, se le cae un bulto donde lleva comida y lo recoge con
desesperación. Catalina salta sobre ella)
Rosarios Ay (nerviosa y de rodillas en el suelo):
Amita, ¿me buscaba? (Catalina se acerca a Rosarios y le comienza a pegar con la
mano)
Rosarios Ay: Yo no hice nada, no hice nada por favor
no me pegue, yo la quiero mucho amita y todo lo que hago es para cuidarla. Yo
hago todo lo que usted me pida siempre, amita, por favor.
(Catalina golpea a la esclava cinco veces muy
fuerte)
Catalina (toma del pelo a Rosarios Ay):
Creísteis que nunca me enteraría maldita, no hay secreto que la Tatamai no
pueda descorrer, fuisteis vos quien me delató al padre de Álvaro, por vuestra
culpa estuve encerrada en el convento, vos maldita fuisteis la que se arrimó a
Enríquez para palabrearle mi pecado con Juan. Y he sabido de todas las intrigas
que le deciais a mi padre para ponerlo en mi contra.
Rosarios
Ay: Amita no es verdad (Catalina la calla con un grito)
Catalina
(callándola con una cachetada): Os mereceis mucho más de lo que yo os pueda
dar.
(Catalina vuelve donde el confesor. Rosarios
Ay se pone de pie hacia el público y empieza a sangrar desde la cabeza. Es
rodeada por un cortejo de mujeres y se va caminando hacia atrás.)
Tatamai
(al público, en su mano sostiene un mechón de pelo con cuero de la esclava, se
lo muestra a Catalina, ella lo rechaza): Los hombres han desenterrado el cuerpo
de la mulata que se encontraba en ese lugar, que enseñaba su cabeza rota por un
trancazo, su espalda ceroteada, marcas de fuego por todas partes y con las
piernas encogidas.
44- Catalina (al Confesor): Perdonarla no
cabía en mi breve tiempo de la tierra, que Dios lo hiciera en la eternidad del
suyo.
45- MADRE: Volvió,
porque no ha podido sacar mi cuerpo de
vuestros sueños y mi recuerdo os aturde como un tormento…
MARTÍN DE URQUIZAR: Padezco el infierno desde que vuestra merced me
falta.
MADRE (Lo rodea): Estuve dispuesta a huir a otro rincón del imperio…
estuve ahí para lo que mandaseis, pero siempre juntos….Yo no le mandé hechizos
para que volviera como usted antes pensó…¡Merezco su crueldad y su burla!. Lo
que siento es peor que eso, ¡es odio por haber dejado en mí un hoyo vacío, un
hoyo donde el amor estaba!” (En lágrimas)
MARTÍN
DE URQUIZAR: ¡Catalina! Que venga lo
que sea pero con vos me quedo. (Él le toma la mano, ella se suelta)
MADRE: Vos debisteis llorar vuestras lágrimas hasta quedaros seco…Como a
todos los hombres no le importa la mujer… (él la toma con fuerza y la abraza,
ella lo deja y luego empuja con fuerza) ¡Nunca más esto, nunca más verlo!
Nuestro tiempo se terminó hace dos años. Regrese de donde vino, Martín de
Urquiza, y despierte que esta noche, se está acabando…
MARTÍN DE URQUIZAR: No entiendeis de querer ni perdonar a nadie,
supe ya de vuestras andanzas.
Madre: (ríe) ¿Y supisteis lo que hice… lo de mi pérdida? Lo desgarré de mi vientre, como alimento en
mal estado que afligía. (Urquiza suelta
un quejido y cae de rodillas) Los hombres pueden darse el lujo de sus ganas y
una mujer pagará por ello (levanta el cuchillo y lo mata…mira a Catalina, entra
Tatamai y trata de llevársela) “El gusto tiene dos lados y muy apartes, sólo en
hechizo duran” Déjadla que sepa de mí. Mujeres somos y nos aprendemos. Hereje
os parió vuestra madre. “¡La Quintrala ha
comenzado su vuelo! (La madre empuja a La Tatamai para que salga, la
hija se encuclilla asustada y su madre la deja sola)
Tatamai: “Parirán hembras que se sujeten y suban, las Catalinas”.
46- Catalina:
(Tapándose los oídos, cerrando los ojos y llorando) Nadie más que yo en el mundo. Nadie podrá
alcanzarme, nunca estaré donde me quieran. Yo y entera. Como los imbunches, me
coseré los resquicios para que las ansias del cuerpo no me la ganen. Veré igual
que Tatamai, de lejos, y marcaré a los
que odio. “Cría de bruja”, me llaman y ojala lo fuera, y no de lágrimas como
estas que suelta mi madre. Cría de bruja y me subiré a maestra. Ningún hombre
me pondrá llantos y lejanías, yo primero, yo.
(Viento sonido)
(Catalina ve entrar a una mujer
embarazada, con un chamal de tela mapuche, aretes pesados y trarilonco sonante.
Sus pies desnudos resaltan por debajo de su falda. El pelo hace una trenza,
redondea una corona.)
La Señora: ¡Catalina! (Catalina se acerca y toca sus manos) ¡Os hago a
imagen y semejanza mía!” (Hurga entre su chamal y sale su mano con una rosa
negra) “¡Os doy mi corazón!” (Exclama como si de su propio corazón se
desprendiera. Catalina alarga el brazo y agarra la rosa negra. Una sola espina
tiene que relumbra su acero y se ensangrienta con el rojo del recinto. La mujer
sale) (La imagen se muestra quebrajada y apoyada por sonidos) (Catalina se
para, se seca las lágrimas)
Catalina: (Firme)
Yo soy vuestra merced lo sé, yo vivo en vuestra merced y vuestra merced
en mí. Os juro que no dejaré pisotear mi linaje, ningún hombre tendrá mi alma,
ni mi libertad, no me doblegaré, no verán mi rostro enmudecido por el dolor
humano.
47- Mi abuela doña Agueda manejó lo de mi
casorio con don Alonso de Campofrío y Carvajal, y yo asentí con ella. Me enviarán a La Ligua para darle plazo a la
gente a aplacar sus miedos. He vuelto a
obedecer las exigencias que manda para el sacramento del matrimonio nuestra
santa iglesia católica, apostólica y romana. Absuelta de mi confesión y acatadas
mis exigencias entraré a la velación de novios.
Dejaré constancia que al igual que los Lisperguer,
Los Flores y Los Ríos, cumpliré siempre mis compromisos con la iglesia como vos
me lo enseñasteis madre, para que no se diga qué descuidé mis deberes
cristianos, lo haré hasta el fin de mis días ¡Lo juro!: (pausa) ¡Esta soy y
seré!
Todas: (A coro) Hija de Llanca Curiqueo, que es hija
de Elvira de Talagante, que es hija de Agueda Flores, que es hija de Catalina.
Catalina: Que es mi madre, que soy yo. Todas hijas
de Dios, Catalinas creadoras de linaje. Esta es mi confesión padre. Juro, mil
veces Quintrala.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)














